El poder de la palabra
Yo creo lo que me
dices. Creo también lo que otros me dicen… o no me lo creo. Eso es un asunto mío.
Pero de lo que no tengo ninguna duda, en cualquiera de los casos, es que la
palabra tiene poder, tiene el poder. Hay algunas de ellas que matan o hieren,
diciendo la verdad. Otras hacen eso mismo con la mentira por bandera. Hay
algunas que son dulces como caramelos de miel, que sanan, que dan la vida, que
resucitan a un muerto, a muchos muertos. Otras, sin embargo, envenenan ríos de
convivencia o asesinan hermandades seculares… La palabra, las palabras, tienen
esa fuerza. A través de ellas los
hombres, agrupados en sectas torpes y egoístas, expresan sus sentimientos más
primitivos, sus anhelos, sus viajes, sus sueños o pesadillas. Pero todos
nosotros, mamíferos bípedos, más o menos erectos, somos tan solo instrumentos, herramientas
de ellas. Es así de cruel. Únicamente de esta forma puedo explicarlo. ¿De que
otro modo debo pensar? Si a veces, una descoordinación motora, hace a la lengua
más rápida que la neurona… O esa misma célula de alta alcurnia grisácea, no
cumple su función, afectada por un simple tinto de verano o una inocente
“caipirinha”... ¿Qué tendría que decir? Si
algunas de ellas, ni nos necesitan. Solo al pronunciarlas, nos superan, casi
nos humillan con su grandeza, haciéndonos sentir insignificantes. Así, al soltar por la boca o
escribir: mar, fuego, cielo, sol o amor,
vemos como ellas aparecen con todo su poderío y nos ciegan, nos abrasan, nos
ahogan o nos vuelven locos, hipnotizándonos aunque sean dichas en voz baja.
Ellas tienen vida propia, nos poseen y usan, donde y como quieren. Y cuando ya no
servimos más, en un acto refinado de perversión, nos abandonan y dejan tirado nuestro quebradizo cuerpo
mortal, para reencarnarse en otros seres jóvenes y lozanos, almas puras. En
ellos adquieren nuevas dimensiones, haciendo piruetas y experimentos para
nombrar y crear conceptos o repetir
aquellos viejos en desuso, siempre a su antojo; cual piratas del caribe
sedientos de aventuras o caprichosos adolescentes irresponsables, para de este
modo perpetuarse en esos diamantes llenos de vida; como el agua pura de una
fuente mágica; como el fuego del mítico volcán, las olas incesantes del viejo
mar o el viento de levante; o tal vez, ¿porqué no?, como la palabra de Dios.
JCARLOSGREY@hotmail.com

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